El asfalto de la mítica carrera Quinta de Ibagué cambió por unas horas su color cotidiano para teñirse de tradición campesina. No se escuchaba el afán de los motores ni el bocinar de los buses; el protagonista fue el golpe seco pero rítmico de miles de botas de caucho contra el pavimento.
Más de 5.000 personas se quitaron sus zapatos y se calzaron el orgullo rural para correr en la segunda versión de un evento que ya es insignia de la ciudad, organizado por la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural del municipio.
El frío de la madrugada ibaguereña comenzó a disiparse temprano en la calle 42. Desde los 17 corregimientos de la capital tolimense, las chivas y los jeeps fueron desembarcando a familias enteras. Llegaban con el sombrero bien puesto, la sonrisa lista y, por supuesto, la herramienta de trabajo convertida hoy en calzado deportivo: las botas.
Para templar el cuerpo y despertar el alma, el recibimiento no pudo ser más propio. Un buen canelazo caliente circuló entre los asistentes, mientras la música en vivo y el humor de Alfonso Sierra, El Pato Velásquez, Wilches y Kalvin transformaban la vía pública en una gigantesca sala de fiesta comunal.
Las risas calentaron los músculos tanto o más que los ejercicios de estiramiento previos a la largada.
“Este es un evento que dignifica la labor del campesino. Nos dan la participación y, lo más importante, es que sentimos agrado de venir acá; que nos están celebrando, nos están dando la importancia de ser campesinos”, contó conmovido Wilson Fiscal, habitante de la vereda Santa Teresa.
A la señal de partida, la marea humana se puso en marcha. Ver correr a más de cinco mil personas en botas de caucho es un espectáculo que desafía la gravedad y la lógica deportiva, pero que desborda identidad. Entre los competidores se mezclaban líderes rurales de manos curtidas, ciudadanos urbanos que querían rendir homenaje a sus raíces, niños, abuelos y creadores de contenido que no querían perderse la hazaña.
Esta carrera, más que una competencia de velocidad, fue un puente de asfalto tendido entre el campo y la ciudad. Una iniciativa que, respaldada por el Acuerdo Municipal 027 de 2024, busca que el sudor del campesino ibaguereño se valore no solo en las plazas de mercado, sino en el corazón mismo de la agenda cultural de la capital tolimense.
Al final, la jornada de la Semana del Campesino 2026 dejó ganadores, pero, sobre todo, dejó la certeza de que el campo no es el patio trasero de Ibagué, sino su principal motor. Las botas de caucho, algo gastadas por el pavimento y el baile, regresaron por la tarde a las veredas, listas para volver a sembrar la tierra que alimenta a la ciudad.